Mensaje de la Conferencia Episcopal de El Salvador | Mayo 2020

Mensaje de la Conferencia Episcopal de El Salvador | Mayo 2020

UN PAIS SEGÚN EL CORAZÓN DE DIOS (San Oscar Romero)
Mensaje de la Conferencia Episcopal de El Salvador

Muy queridos hermanos y hermanas:

Los obispos de El Salvador les saludamos fraternalmente con las palabras de Jesús
resucitado: “La paz esté con ustedes” (Lc 24, 36). En estos días de prueba, causada por el
coronavirus, que parecen interminables, queremos manifestarles nuestra cercanía y
solidaridad, invitándoles a fortalecer su fe y esperanza en Cristo Resucitado: Él ha vencido el
pecado y la muerte, al levantarse victorioso del sepulcro. Cristo vive y nos ofrece su misma
vida, vida en abundancia (cf. Jn 10,10).

Hoy, 3 de mayo, es el Domingo del Buen Pastor y el Día de la Cruz; es también el inicio del
mes de María, el mes de las flores. A ella, Madre nuestra, que acompañó a su Hijo al pie de
la cruz, confiamos el dolor de nuestro pueblo.

1.“Yo soy la Puerta”

En el evangelio de este domingo, nuestro Señor proclama: “Yo soy la Puerta. El que entre por
mí se salvará … Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 9-10).
Nos dirigimos a ustedes cuando el mundo entero está viviendo la experiencia de la terrible
pandemia que, según datos oficiales, ha cobrado ya cerca de doscientas cincuenta mil vidas.
En nuestro país, gracias a Dios, hemos tenido pocas muertes, pero no sabemos qué pasará
en las próximas semanas.
Sin embargo, una cosa es segura: Cristo resucitado está a nuestro lado y no nos abandonará.
Después de su muerte sus discípulos entraron en una especie de “cuarentena” y vivieron
paralizados por el miedo, “con las puertas cerradas”, pero después todo cambió: fueron al
mundo entero a anunciar el Evangelio.
El coronavirus no es un castigo de Dios sino una dura prueba que debemos aceptar con actitud
de fe y confianza firme en Jesucristo. Es una prueba que nos está purificando, como se
purifica el oro en el crisol. Jesucristo resucitado atraviesa las puertas cerradas por miedo
(Jn 20, 19), también las puertas de nuestras casas en las que estamos cumpliendo la
cuarentena. Podemos estar con las puertas cerradas, pero Jesús está con nosotros. Y cuando

Él está en medio, todo cambia: podemos mirar la vida con esperanza, podemos elevar nuestro
espíritu, podemos mirar de frente a Jesús, dando la espalda a la tristeza, al pesimismo y a la
muerte. Y una profunda convicción nos pacifica: que estamos en las manos de Dios.

Así lo demuestran los numerosos testimonios de familias que, en medio de la pandemia, han
aprendido a valorar, lo que realmente es importante en la vida: no son las cosas, no es el
dinero, no es lo material, sino las personas, la familia, la fe compartida, el amor a los más
pobres y humildes y, sobre todo, nuestro encuentro personal con Jesucristo.

¡Cuántos hogares se han convertido en pequeños templos donde se habla con Dios! Muchas
familias han tomado conciencia de ser Iglesia Doméstica; les exhortamos a seguir adelante e
incrementar la fe, en esas circunstancias difíciles, como en los primeros tiempos de la Iglesia.
Los discípulos de Jesús, en su cuarentena, mientras esperaban en torno a María la venida del
Espíritu Santo, experimentaron el paso del Señor por sus vidas y todo cambió. Cuando pase
todo esto, hay que volver a la calle a dar testimonio de Cristo y a servirle en sus miembros
más débiles: en los pobres y en los que sufren descubrimos el rostro doliente del Señor.

Esto es lo que han hecho, quizá sin darse siempre cuenta, el personal médico y paramédico,
así como todos sus colaboradores y colaboradoras. Les expresamos nuestra admiración y
gratitud. Con este mismo sentimiento saludamos al personal de la PNC y de la Fuerza Armada
que están sirviendo al pueblo con generosidad en estos días de tanto sufrimiento.
Sigamos por este camino, tratando de vivir intensamente el tiempo pascual, iluminados por el
Señor que ha vencido a la muerte. Abramos la puerta de nuestro corazón a Jesús y dejemos
que él nos encuentre y nos llene de su vida nueva. De esta manera, podremos seguir adelante,
pase lo que pase, y no dejaremos que la pesada losa del sepulcro aplaste nuestra esperanza.

2. “La paz esté con ustedes”

Cuando Jesús se aparece a sus discípulos en el Cenáculo, les saluda diciéndoles: “La paz
esté con ustedes”. Con Él en medio, todo cambia. Lo mismo nos repite el Señor a nosotros:
“La paz esté con ustedes”. No es la paz que promete el mundo sino la presencia de Cristo
entre nosotros porque “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14), una paz conquistada al precio de su
sangre bendita derramada en la cruz. La cruz nos ha visitado en estas dramáticas semanas.
Abracémosla con amor, uniéndola a la cruz redentora de Cristo.

No es fácil sentir esa paz en una situación como la causada por el coronavirus. La brutalidad
de esta pandemia nos aplasta. Y el temor a quedar contagiados o de que el virus ataque a
nuestros seres queridos, nos trae mucha angustia y sufrimiento. Los datos sobre el impacto
de esta pandemia en nuestro país, son, por ahora, bastante consoladores. Sin embargo, nos
llegan noticias alarmantes sobre lo sucede con familiares y amigos que viven en los

Estados Unidos y otros países. Y no sabemos lo que pasará entre nosotros en las próximas
semanas.

Mientras tanto, los políticos, los gobernantes, los líderes de los distintos campos de la
actividad humana, se preguntan qué pasará después y cuáles son las decisiones que se
deben tomar de inmediato, en el mediano y en el largo plazo. El mundo está cambiando
radicalmente debido a este flagelo. Hay que repensar el futuro. Por eso el Papa Francisco ha
pedido a toda la Iglesia: “Oremos por los gobernantes, los científicos, los políticos, que han
comenzado a estudiar el camino de salida, la post-pandemia, este ‘después’ que ya ha
comenzado: para que encuentren el camino correcto, siempre en favor de la gente, siempre
en favor del pueblo” (Al inicio de la misa del 13 de abril 2020).

3. Encontrar el camino correcto

¿Qué significa encontrar el camino correcto? Así responde el Santo Padre:
“Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras
conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la
idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro. Nuestra civilización, tan
competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos
excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita bajar un cambio, repensarse,
regenerarse”.

Ese es el dilema: o ponemos en el centro a la persona humana o al dios dinero. La Iglesia en
su doctrina social propone el desarrollo humano integral. Esto implica que los pobres y los
marginados se conviertan en protagonistas de su propio futuro. Ante el drama de tantos
hermanos y hermanas que no pueden realizarse como personas porque se encuentran sin
trabajo o viven sin tener seguro el pan de cada día, el Vicario de Cristo, dirigiéndose a los
trabajadores informales, independientes o de la economía popular formula una propuesta
audaz:

“Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e
insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan
humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos” (Mensaje, 13 abril 2020). Ningún
hermano o hermana sin derecho al techo y al trabajo. No es suficiente ofrecerles un poco de
pan; hay que darles la mano para que puedan ganarse el pan con el sudor de su frente.

4. Exhortación final

En sintonía con el Papa Francisco quisiéramos concretar nuestra palabra de pastores con las
siguientes reflexiones y sugerencias:

1) Exhortamos al Estado, en sus tres órganos, Ejecutivo, Legislativo y Judicial a
trabajar unidos, haciendo el mejor esfuerzo para sacar adelante al Pueblo, en este
momento crítico de nuestra historia. Protegiendo a todos los salvadoreños,
principalmente a los más pobres y vulnerables, salvaguardando todos sus derechos
individuales.

2) A los empresarios, les hacemos un llamado a su conciencia, para que ayuden a
sus trabajadores, que no por estar impedidos de trabajar a causa de la cuarentena,
les despidan de sus trabajos o les suspendan su contrato laboral durante el tiempo
de la pandemia. Obrar así no es humano, y mucho menos cristiano, hoy es el tiempo
en el que debemos ayudarnos como hermanos que somos.

3) Hemos visto con profundo agradecimiento cómo han afrontado los sacerdotes
esta dura realidad: pendientes de su rebaño, impotentes al no poder acompañar de
cerca, sufriendo por no poder celebrar con ellos la Eucaristía y los demás
sacramentos, buscando soluciones, sobre todo en las redes sociales, a este
aislamiento obligado.

4) Ha sido como un gran retiro para todos, sacerdotes y comunidad cristiana. A los
sacerdotes, que son nuestros más cercanos colaboradores, les expresamos
nuestro profundo afecto y nuestra sincera gratitud por el inestimable servicio que
prestan con su testimonio y su ministerio. Este reconocimiento lo hacemos
extensivo a los religiosos y religiosas, así como a innumerables laicos que
discretamente cumplen el papel del buen samaritano.

5) Como pastores de un pueblo que sufre, nos sentimos solidarios con la realidad
que viven las familias: las que están viviendo esta pandemia en estrecha unidad
familiar y en comunión con Dios a través de su Palabra, la oración y el diálogo; y
también las que han visto cómo aumenta su angustia y sufrimiento, ya sea por las
condiciones precarias de su vivienda, la falta de ingresos, los conflictos que se dan
en el hogar, las limitaciones de muchos niños y jóvenes para poder realizar las
tareas que les dejan sus maestras y maestros.

Concluimos nuestro mensaje insistiendo que, si es grave la amenaza de esta pandemia, hay
quizá un peligro mayor que nos esté acechando: el “virus de la indiferencia” ante el dolor de
los hermanos y hermanas más débiles. Al respecto, dice el Papa Francisco: “que nadie se
quede atrás”.

Este criterio vale también para el tiempo que viene después de la pandemia. De cómo
enfoquemos esos momentos depende que las consecuencias sean más o menos graves. Esto
vale sobre todo para el tema económico. Deseamos vivamente que el problema se afronte
desde una perspectiva humanista, poniendo en el centro el bien de la persona; sería un grave
error poner el dinero y la ganancia como lo más importante.

Como pastores de un pueblo sufrido y heroico, exhortamos tanto a nuestros gobernantes, a
todo nivel, como los responsables de la micro, pequeña, mediana y gran empresa, a que
busquemos ante todo el bien de las personas. Y, como hemos dicho tantas veces, una
condición fundamental es que se procure, en un clima de respeto, de diálogo sereno y de
auténtico sentido patriótico, el bien común de la sociedad.

Nos dirigimos a ustedes en los albores del mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la
Virgen María. El Santo Padre nos ha exhortado en su carta para este mes de mayo a rezar el
rosario en familia, enseñándonos que: “Contemplar juntos el rostro de Cristo con el corazón
de María, nuestra Madre, nos unirá todavía más como familia espiritual y nos ayudará a
superar esta prueba”.

Hemos titulado este Mensaje con un pensamiento de San Oscar Romero: “Un país según el
corazón de Dios”. Ese fue su sueño. Y lo recordó en la homilía que pronunció la víspera de su
martirio: “Dios aplica su proyecto en la historia, para hacer de la historia de los pueblos su
historia de salvación. Y en la medida en que esos pueblos reflejen ese proyecto de Dios, de
salvarnos en Cristo por la conversión, en esa medida los pueblos se van salvando y van siendo
felices” (Homilía del 23 de marzo 1980). En este grave momento histórico de pandemia,
invocamos a Cristo Resucitado, por intercesión de la Reina de la Paz y nuestro amado San
Oscar Romero, implorando su misericordia, su protección y bendición para nuestro pueblo y
para todos los pueblos del mundo.

Dado en San Salvador, el 3 mayo, fiesta de la Santa Cruz, de 2020

 

 

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