CRISTO ES NUESTRA PAZ

Queridos hermanos y hermanas:

Los salvadoreños nos disponemos a celebrar la primera Navidad en paz de los últimos años. Una Navidad en que sólo escucharemos el estruendo de la pólvora festiva. Una Navidad en que muchas familias volverán a reunirse después de largos años de dolorosa separación. Una Navidad en que la paz no será sólo un deseo sino una realidad que comienza a nacer en numerosos corazones y en la sociedad. Una Navidad en la que el encuentro personal con Cristo,"nuestra paz",nos debe llenar de la luz de lo alto para contribuir a la reconciliación de la nación salvadoreña.

1. "Gloria a Dios en las alturas…"

Durante los duros años del conflicto armado buscamos en Dios refugio,consuelo y fortaleza para soportar las pruebas y seguir adelante. Sin embargo,al volver el país a una relativa normalidad,muchos cristianos se sienten tentados de olvidar a Dios.

Pero el mensaje de Navidad despierta la conciencia adormecida: "Gloria a Dios en las alturas…" Sí,a él corresponde toda gloria. El tiene que ser el primero en nuestro corazón. A el tenemos que agradecerle con todo nuestro ser el don de la paz. A él tenemos que ensalzar con una vida llena de paz y de amor a Dios a los hermanos. Su Hijo muy amado debe ser el centro de la Navidad porque "no hay Navidad sin Jesús". Los salvadoreños nos profesamos cristianos. Tomemos,pues,en serio la palabra de Dios,que dice: "Porque él (Cristo) es nuestra paz; el que de los dos pueblos hizo uno,derribando el muro que los separaba,la enemistad" (Ef. 2,14).

2. "… y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad"

Del reconocimiento de Dios surge la paz. Así lo cantaron los Ángeles en la primera Navidad que ilumino la noche de Belén: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad". La paz es el deseo más profundo del corazón humano: "¿Qué persona de buena voluntad no aspira a la paz? -pregunta el Papa en su Mensaje para la Jornada de la Paz de 1993- Hoy la paz es reconocida universalmente como uno de los valores más altos que hay que buscar y defender"(n. 1). Y refiriéndose a los conflictos más sangrientos del momento,añade: "La lógica aberrante de la guerra prevalece,por desgracia,sobre repetidos llamamientos a la paz hechos por personas cualificadas" (ibidem).

El Año de Gracia y de Misericordia nos ha traído la gran noticia de que por fin la guerra terminó. En enero se suscribieron solemnemente los Acuerdos de Paz y hace pocos días se firmó oficialmente el cese del enfrentamiento armado. ¿Qué significa eso? Los más optimistas ven en tales actos el nacimiento de una nueva era llena de tranquilidad,progreso y bienestar. Otros,en cambio,temen que la violencia vuelva a estallar en cualquier momento.
Nuestra palabra va más allá de los cálculos humanos porque "Cristo es nuestra paz" (Ef,2,14).

El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica -obra posconciliar de importancia trascendental- insiste en la paz de corazón,pero con igual énfasis enseña:
"El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. La Paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra,sin la salvaguardia de los bienes de las personas,la libre comunicación entre los seres humanos,el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos,la práctica asidua de la fraternidad. Es la ‘tranquilidad en el orden’. Es obra de la justicia y efecto de la caridad" (n. 2304).

Lo anterior puede ser aceptado incluso por quienes no creen en Dios. Pero el "Evangelio de la paz" confiado a la Iglesia desborda la más ambiciosa concepción humana. Así lo dice el Catecismo que estamos citando:

"La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo,el ‘Príncipe de la paz’ mesiánica. Por la sangre de su cruz,’dio muerte al odio en su carne’ (Ef. 2,16),reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios. ‘El es nuestra paz’ (Ef. 2,14). Declara bienaventurados a los que construyen la paz’ (Mt. 5,9)" (n. 2305).

Esa es la paz que se anunció al mundo en la noche santa de la primera Navidad. Esa es la paz que nosotros pedimos al Señor para cada familia que habita sobre la bendita tierra de El Salvador. Esa es la paz  por la que hemos trabajado y a la que seguiremos dedicando nuestras energías,movidos siempre por el ejemplo y la enseñanza de Jesús.

3. Reconciliación y paz

En la última noche del año,nos daremos el tradicional abrazo y expresaremos los mejores deseos para el año que comienza. En ese momento emocionante pidamos la gracia de la reconciliación para nosotros mismos,para nuestros seres queridos y para la gran familia salvadoreña: la gracia de vivir en 1993 en una nación reconciliada y en paz.

Como pastores de un pueblo tan admirable,proclamamos -al inicio de la Cuaresma- un Año de Gracia y de Misericordia que,Dios mediante,clausuraremos a los pies de la Virgen de Candelaria,en Sonsonate,el próximo 2 de de febrero. El Año de Gracia y de Misericordia fue una convocatoria al pueblo de Dios "a un intenso esfuerzo de reconciliación,porque este es el camino seguro hacia la paz  firme y duradera que deseamos" (Mensaje de la CEDES,3 de marzo de 1992).

Sólo Dios sabe cuántos hermanos y hermanas han encontrado de nuevo la paz del corazón y han sido capaces de perdonar las ofensas recibidas. Cristo acoge a todo hombre o mujer ansioso de comprensión,perdón y felicidad: "venid a mi todos los que estáis cansados y sobrecargados,y yo os daré descanso" (Mt. 11,28).

El acontecimiento más solemne dentro del Año de Gracia y de Misericordia fue,sin duda,el Congreso Eucarístico Mariano que celebramos hace un mes. En nuestras almas resuena su hermoso lema: "Yo soy el Pan de Vida". Y nos sigue entusiasmando su consigna; "Fuertes en la fe,reconciliados en el amor". En la nueva etapa de El Salvador,el Pan de Vida -Cristo mismo entregado por nosotros- quiere reunir de nuevo,en torno a la misma mesa,reconciliados y en paz,a los habitantes de esta tierra: la Eucaristía es el Sacramento de la fraternidad.

4. Misión de la Iglesia en la nueva realidad del país

El país entero tiene nostalgia de reconciliación. Corresponde a la Iglesia -es decir,a todos los bautizados-anunciar de palabra y de obra,"el Evangelio de la reconciliación y de la paz". Tenemos que anunciar a todos los vientos la gran noticia de que el Padre nos ama y nos perdona. Así lo rezamos durante el Año de Gracia: "Que todos  encontremos en Cristo  la reconciliación contigo y con los hermanos,y la alegría del perdón que recibimos y que otorgamos".

La reconstrucción y la reactivación tienen o pueden tener otros protagonistas. Pero fomentar los valores del espíritu y propiciar la reconciliación profunda,sólo lo puede hacer la Iglesia,como prolongación social de Jesucristo en la historia.

El momento que vivimos no es para lanzar acusaciones contra los otros sino para entrar dentro de nosotros mismos y reconocer el mal que hemos hecho. Como nos dijo el Santo Padre en su mensaje del 30 de enero,hay que invocar al Señor "para que infunda en el corazón de todos los salvadoreños sentimientos de perdón mutuo y reconciliación que les lleven a superar las diferencias,los enfrentamientos,los antagonismos y de ese modo refuerce la voluntad de entendimiento y comprensión entre los individuos,en las familias,en toda la sociedad".

Ante una tarea tan formidable sentimos nuestra propia debilidad. Pero contamos con la gracia de Dios que en esta Navidad ha aparecido en medio de nosotros en ese Niño a quien llamamos con inmenso gozo y esperanza,el "Príncipe de la Paz". En su nombre les bendecimos de todo corazón.

San Salvador,24 de diciembre de 1992.