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Seminario Mayor bajo la Compañía de Jesús, 1939 PDF Imprimir E-Mail

BAJO LA DIRECCION DE LA

COMPAÑÍA DE JESUS

Escribe: R.P. Rafael Ramírez, S.J., fundador del Seminario San José de la Montaña

Revista: DESDE EL SEMINARIO; Número extraordinario del Primer Centenario del Seminario; Abril – Diciembre 1945; Pág. 272-290

 Hacia San Salvador era yo casi un joven cuando los Superiores me destinaron al Magisterio. Me encontraba en España, en la bella Andalucía, y era el año del Señor de 1918. Recibí la orden del entonces R.P. Provincial de la Provincia de México, Marcelo Renaud, mientras descansaba un poco de los estudios en las Navas de Río Frío cerca de Madrid. Marché a Madrid al arreglo de mis "papeles" de viaje; y tras una larga espera de casi dos meses (pues la famosa guerra mundial número 1 no permitía mayor velocidad en los arreglos) pude tomar el flamante "Maria Cristina" de la Trasatlántica Española, por el 21 de agosto en La Coruña. Según las instrucciones que llevaba, incluso del Cónsul, habría de procurar ingresar al país como un simple estudiante, pues la nota de jesuita podía traerme complicaciones. Deseaba llegar por el lado de Panamá, pero hubo dificultades oficiales, (Panamá en aquel entonces estaba archivigilado) y hube de torcer desde La Habana a Puesto Barrios, atravesar Guatemala (en donde me informé que había pena de muerte para el jesuita que osara entrar en el país) y llegar al fin por el lado de Metapán el 20 de septiembre, si mal no lo recuerdo. Allí las Autoridades me trataron con suma deferencia y sin la menor dificultad (sino fue una larga caminata a caballo, pues no había aún tren) pasé por Santa Ana, donde me detuve un día y al siguiente ingresé a la populosa capital salvadoreña, en donde el Señor me iba a deparar un apostolado de 15 años y todos ellos empleados en la formación de los seminaristas, además de algunas otras ocupaciones.

Estado del Seminario en 1918

A las 11:30 de la mañana (lo recuerdo como si aún me viera en ello), llegué al edificio del Seminario Conciliar de la Arquidiócesis. Regía entonces los destinos de ésta el Excmo. Y Revmo. Sr. Dr. D. Antonio Pérez y Aguilar y los de aquel el Rvdo. P Manuel Díaz Rayón, ambos de venerable memoria. Vivían entonces en el Seminario, adosado a la Iglesia de S. José, unos cuantos PP. Con cuatro HH. Coadjutores. Era Prefecto el R.P. Venancio Larrauri. En Teología encontré al Ilmo. S. Administrador Apostólico futuro de Tegucigalpa, Monseñor Morales; en Filosofía al Exmo. y Revmo. Monseñor Luis Chávez y González, etc. La impresión primera que recibí fue cuando al edificio de mucha pobreza junta con la limpieza conveniente, cuanto a los estudios de mucho empeño en alumnos y Profesores, cuanto a lo espiritual de notable fervor. Excuso decir que desde luego sentí un profundo cariño por aquel conjunto de hermosas almas entregadas con tantos sacrificios a la tarea de formarse para el altar. Eran al derredor de 40. Y precisamente al comenzar mi Magisterio (enero de 1918) fracasaba el generoso intento que hizo el R.P. Díaz Rayón de recibir alumnos externos quienes viviendo en sus casas acudieran sólo a las clases y así evitaran los crecidos gastos de pago del internado. De nos 11 ó 12 que se recibieron en primero en Latín, volvieron dos al segundo y sólo uno acabó ese Curso. Fracasada esa experiencia, nunca más se volvió a pensar en eso y el Seminario vivía de las becas fundadas por algunas familias piadosas y del auxilio casi íntegro de la Sda. Mitra, la cual además costeaba los gastos del Profesorado. El Excmo. Sr. Arzobispo, D. Antonio Pérez y Aguilar visitaba con mucha frecuencia el establecimiento y acudía mensualmente a todos los actos así Filosóficos como Literarios y se informaba minuciosamente de la marcha de cada seminarista. No sólo, sino que de vez en cuando se interesaba directamente en las cuestiones que se agitaban y aun nos ponía en algún apurillo. Cierto día, v. gr., sustenté un acto de lengua Griega (gramática) con mis alumnos de segundo de Latín. Asistió Monseñor. Terminado el Acto se le hizo un pequeño obsequio en nuestra biblioteca. Y entonces él volviéndose a mi me rogó que diera las gracias a los RR. PP. En griego. Y no pude excusarme. Además de las clases y la natural convivencia con los seminaristas, de vez en cuando los acompañaba a sus fiestas en las Parroquias o a sus paseos. Y viendo la inmensa cantidad de sacrificios que hacían comencé a soñar (era un sueño en toda la extensión de la palabra), en mejorar la suerte de ellos y hacerles en lo posible más llevadero el heroísmo ingénito a su vocación. Pero, que podría yo hacer por ellos, ya que en acabando mis tres años de Magisterio habría de abandonarlos y tal vez no volver nunca al simpático país salvadoreño? Me reduje, pues, a desempeñar mis ocupaciones con todo el cariño que pude.

Como se hizo cargo la Compañía del Seminario

Los PP. Profesores que fundaron (por decirlo así) la Comunidad en el Seminario me contaban en sencillas conversaciones los orígenes de la ida de la Compañía de Jesús a tierras de El Salvador y cómo se hizo cargo nuestra Orden religiosa del Seminario. Sabido es y en demasía sabido que la revolución carrancista del año 1914 aventó a los cuatro vientos a cuanto elemento eclesiástico halló a la mano. El R.P. Provincial de la Provincia Mexicana, Marcelo Renaud, buscó un asilo seguro para los perseguidos hijos suyos. Y mientras enviaba el Estudiantado íntegro a España, en donde la Provincia de Toledo con una magnanimidad que jamás olvidaremos ofrecía a los desterrados desde casa hasta vestido y pago de viajes, recibía una preciosa carta del Excmo. Monseñor Pérez y Aguilar en la que suplicaba como una gracia el envío de algunos PP. Jesuitas mexicanos que trabajaran en la Arquidiócesis. Era la voz de la Providencia. Inmediatamente se dispuso una expedición y así llegaron en ese año de 1914 nuestros primeros PP. Mexicanos a la ciudad metrópoli salvadoreña. Siguiese la discusión acerca de los ministerios que habrían de tomar los Padres. Mientras, estaban hospedados en el propio Palacio Arzobispal. Había sus opiniones: fundar un Colegio, formar una Residencia, dedicarse a misionar por el país; tomar la dirección del Seminario. A esto último se inclinaba Monseñor Pérez y Aguilar, pero sin hacer presión alguna y puesta su confianza en Dios. Al fin, tanto por intervención del R.P. Díaz Rayón como por voluntad del R.P. Renaud, se aceptó el Seminario. Cuando Monseñor supo la aceptación se levantó y alzando los ojos y manos al cielo exclamó: "¡Mi Seminario se ha salvado!". Abrió la Compañía sus primeros Cursos en enero del año 1915. Desde entonces no dejó de trabajar con todo su empuje en las clases y en el posible cuidado del edificio. Creo que fueron los terremotos frecuentes los enemigos más poderosos de aquellas paredes. A mí me tocó el de 1919, que fue a las 12:45 de la noche y pude ver a mis queridos seminaristas tiritando de frío (los "hielitos") y llorando de penda por lo que sus propias familias a esas horas estarían sufriendo. El seminario quedó arruinado y hubo que reconstruirlo: se hizo bajo la misma planta.

Dos Juventudes Frente a Frente

En 1920 fue nombrado Rector el R.P. Fernando O. Ambía. Este activísimo Padre tuvo la idea de abrir unas Escuelas o cosa así en las que se proporcionara instrucción a jóvenes de la sociedad salvadoreña conjuntamente con los seminaristas. Hubo de vencer graves dificultades, pero al fin a los comienzos de 1921 en las casas adjuntas al Seminario por el lado suroeste, se abrieron las dichas clases. Los Seminaristas asistían a ellas y se estableció una fuerte emulación entre ellos y los jóvenes que habían de preparar su Bachillerato. El contraste entre el bienestar de aquella juventud salvadoreña destinada al aumento de las familias y rodeada de toda clase de comodidades y los inconmensurables sacrificios de la otra juventud destinada a los altares fue un último toque para mí. Cuando en ese año terminé mi Magisterio llevaba la convicción íntima de que no se había dignificado hasta entonces de modo conveniente la altísima vocación sacerdotal ante los ojos de la sociedad.

Asuntos internos de la Orden obligaron al R.P. Ambía a partir a México. Fue nombrado Rector el R.P. Luis Vega; que partió a poco también a México, quedando de interino el R.P. Venancio Larrauri quien lo fue hasta la llegada del nuevo Rector, el 28 de agosto de 1926, el R.P. Agustín Waldner.

La ilusión de un Gran Seminario

Precisamente en el siguiente mes de septiembre, volvía yo de Europa, tras de otros 5 años, en aquellas tierras, destinado por el nuevo R.P. Provincial, Luis Vega a trabajar en El Salvador y en el Seminario. Venía ya ordenado sacerdote y sin límites en la estancia cuanto al tiempo. Mi trabajo se redujo a dar algunas clases y a llevar la dirección espiritual del Seminario. Organicé en lo posible el Apostolado de la Oración señalando tres especiales intenciones a los socios: la reparación de las faltas diarias, el aumento de vocaciones y que el Sagrado Corazón nos concediera un santo en el Seminario. Al mismo tiempo comencé a meditar sobre el modo de hacer un Seminario digno de tan heroicas almas. Cuando volví de Europa, había descansado en el Señor el Excmo. Monseñor Pérez y Aguilar y dejaba como Administrador Apostólico, sin derecho a sucesión al Excmo. Monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez. Con él comunicaba yo de vez en cuando mis deseos que no hacía él sino secundar. Asimismo los comunicaba con el R.P. Waldner quien abundaba en el mismo sentir. Pero, la cuestión de los fondos era la que no se veía. Así todos nos conteníamos en los límites de lo posible. Con su generosidad increíble, Monseñor Belloso quiso dejar al Seminario como recuerdo de su Administración un buen edificio; vendió para ello una antigua finca que el Seminario poseía en las faldas del Cerro de San Jacinto y ordenó que se construyeran dos pisos con la fachada al parque de San José en la mismo sitio en donde el Seminario en el mismo sitio en donde el Seminario estaba ubicado. Esto se hizo el año de 1927. El mismo Monseñor Belloso bendijo el nuevo edificio que quiso estuviera estrictamente reservado a los Profesores. En él vivieron hasta el año de 1938.

 Las Jiras Vocacionales

Al mismo tiempo que soñábamos con mejorar la situación material, buscábamos un modo práctico de lograra que no hubiera tantas defecciones entre los nuevos alumnos que venían de las Parroquias. Me decidí entonces a experimentar el de ir yo mismo por las Parroquias durante las vacaciones en jiras de propaganda y selección vocacional. Las jornadas solían ser de tres días en cada Parroquia. El día primero exponía yo el objeto de mi visita, la necesidad de vocaciones para cubrir las exigencias espirituales del conglomerado social tan abundoso en el país y la excelsitud de la vocación sacerdotal. El segundo día explicaba todo el proceso de formación sacerdotal desde que el alumno ingresaba al Seminario hasta sus Ordenes Sagradas y las bendiciones para su familia, su Parroquia y su patria que de su sacrificio habrían de seguirse. El tercer día explicaba las condiciones necesarias canónicas para admitir y cultivar debidamente las vocaciones. Terminaba excitando siempre a los fieles a contribuir con sus centavos (el admirable centavo del pobre!) a los gastos de los Seminaristas pobres. Esto último, dada la generosidad del pueblo pobre, dio lugar a la formación de una "bolsa de equilibrio" permanente que se formó en la Procura del Seminario, mediante el óbolo innominado y las pequeñas limosnas; la cual servía para tomar de ella el déficit que los alumnos Seminaristas dejaban al terminar los cursos, por gastos de útiles escolares, ropa, etc. También consolidó otra institución de la Procura que consistía en la "bolsa de becas". Este fondo servía para ayudar a diversos alumnos con media beca para su formación. Con cuanto gusto recuerdo ahora los nombres de San Juan Opico, Suchitoto, Chalatenango, etc.! Cuantas bellísimas delicadezas pude observar en el alma del pueblo! Cuanta generosidad de anhelos sacerdotales en cantidad grande de niños que imposibilitados de alcanzar su ideal se despedían llorando ¡ Uno de ellos, niño de trece años, después de pasarse a mi puerta los tres días, cuando me despedía me alargo la mano con tres centavos y la frase sublime: "Padrecito: para ayuda de otros mas afortunados!". En la jira del año 1932, en diciembre, mientras cruzaba por Chalatenango, acompañado del P. Rafael Ríos, S.J. recibí la carta del R.P. Provincial de la Provincia Mexicana en que me avisaba que debía tomar la Rectoría del Seminario. Volví apresuradamente a San Salvador y con pavor verdadero ya que no era fácil en modo alguno sustituir al R.P. Agustín Waldner aureolado con la fama de consumada prudencia.

Bajo la protección de San José de la Montaña

Desde el primer día en que tomé la carga (2 de febrero de 1933) pensé definitivamente en el gran Seminario Central con un primoroso edificio para mis queridos seminaristas. Varios días soñé despierto: se compraría un campo magnífico y se haría un edificio digno…..Por fin me decidí a dar comienzo a la empresa, tras de varios meses de meditación. Hablé al R.P. Waldner que por entonces era Superior General nuestro de Centro América y él me aconsejó hablar con el Excmo. Monseñor Belloso y ver lo que pudiera hacerse. Hablé con Monseñor quien acogió entusiasta el proyecto. Era como a mediados de agosto. Formulé entonces el plan definitivo; un Comité, de solo tres para simplificar el movimiento de reuniones; una colecta general en todo el país; la fundación de una "Pía Asociación de San José de la Montaña". Porque la obra debería estar enteramente consagrada a San José en esta advocación por expreso deseo de Monseñor Belloso. Más aún: se le habría de construir un santuario, porque había una bonita historia. Muchos años antes quiso Monseñor Belloso traer a San Salvador una estatua de San José de la Montaña y se dirigió a Barcelona, sede de esta devoción. Enviárosle la estatua y juntamente vino una carta de la Rvda. Madre Superiora del Asilo de "San José de la Montaña", en la que le decía que cuando esta estatua tuviera su santuario en la República de El Salvador comenzaría para la Iglesia Salvadoreña una era de inusitada prosperidad. La Religiosa murió en olor de santidad. La estatua fue primero a la Iglesia de La Merced y luego a la Basílica del Sagrado Corazón. Y es la que actualmente se venera en la Capilla anexa y al gran Seminario.

Fundación y primeras actividades del comité pro-seminario

Para formar el "Comité pro Seminario", de acuerdo con el parecer de Monseñor se invitó al entonces Párroco de La Merced y ahora Excmo. Mons. Chávez y González y al Rvdo. P. Sacristán Mayor de la Santa Iglesia Catedral, José Toribio Alférez. Ellos, tras de una buena deliberación, aceptaron teniendo muy presente lo gigantesco de la Obra que había de iniciarse y el excesivo trabajo que habrían de imponerse, trabajo que se sumaría al de las ya abrumadoras ocupaciones diarias. Por otra parte, las circunstancias económicas mundiales eran aflictivas. La crisis del año 1932 se cernía amenazadora por todas partes. Los capitales se escondían. Las limosnas escaseaban en forma alarmante. Y sólo para comprar un buen terreno era necesario aportar de 30 a 40,000 pesos. Por un Edicto Arzobispal nos encontramos constituidos en "Comité pro Seminario" y comenzamos la tarea. Yo fui en unos días redactando los Estatutos o Bases de la "Piadosa Asociación". La colecta general se comenzó el mismo día de la constitución del Comité. La primera contribución, de dos pesos, la dio la Rvda. Madre Superiora del "Asilo Guirola" de Santa Tecla. La Comunidad de los PP: Jesuitas dio el segundo aportamiento; siguiéronse las demás Comunidades Religiosas de la ciudad a base de visitas personales. Y así en unos pocos días había ya algunos miles de pesos en la Caja del Comité, que quedó al cargo del P. Chavitos, como entonces cariñosamente lo llamaban. La Secretaría la llevaba el P. Alférez. A mí se me dio el título de Director del Comité. Las primeras visitas las hicimos en conjunto. En seguida nos dimos cuenta de que no era tan práctico; y así en adelante, cada cual por su lado hacía cuanto podía y luego en la Junta del Comité, que se fue celebrando mensualmente sin falta durante seis años, se daba cuenta de las varias. Gestiones.

La dura Campaña en pos del Grande Ideal

Y Aquí empieza una larga historia de misericordias de San José, de generosidades del pueblo salvadoreño, de miles y millares de sacrificios hechos por el futuro Clero salvadoreño. Imposible referirlas; se necesitaría un libro que cierto resultaría interesantísimo y altamente sugestionador. Acudimos a las Autoridades de aquel entonces y obtuvimos una repuesta fría; no se comprendía la Obra. Únicamente se nos recalcó que sólo el Clero salvadoreño, tenía derecho a trabajar. Quisimos obtener el auxilio de un P. Jesuita que viniera de México o de España para llevar de frente la organización de la "Piadosa Asociación" cuyo movimiento creció en pocos días tanto que nos era imposible manejarla por falta de tiempo: requería un hombre dedicado a ella. Se nos contestó que antes debía vivir el Clero salvadoreño que admitir extranjeros. Fracasaron gestiones de personalidades sociales muy elevadas (recuerdo en particular las de la familia Letona que tanto agradecimos): todo inútil. Cuanto a las colectas populares, fue la cosa más divertida y edificante a la vez. En las primeras visitas que hicimos a familias particulares, la primera impresión que recogimos era de estupor: un Seminario tan grande…… es costosísimo! La crisis! Sueños! De algún lado nos llego la noticia de que se decía que no estábamos en nuestro juicio cabal, se nos llamaba ilusos. Muy pronto, la grandeza de la idea subyugaba y aunque con algún aire de incredulidad se nos daban las primeras limosnas. Al poco tiempo, las familias se convertían en verdaderos apóstoles de la obra.

Algunas Instituciones, especialmente colegiales, comenzaron a poner sus energías en nuestro auxilio y con eso la propaganda se hizo más eficaz. Con inmenso agradecimiento recuerdo los Colegios del Sagrado Corazón, el Guadalupano y el de la Asunción. También las parroquias, especialmente La Merced, y la Iglesia de San José, entraron en el movimiento y mensualmente recibíamos el óbolo para el nuevo Seminario. Imposible entrar en pormenores que me llevarían muy lejos, excesivamente lejos. Cada domingo, un abnegadísimo grupo de Seminaristas, desafiando el sol y la lluvia, se pasaban horas y horas colectando centavo a centavo para su nuevo Seminario en el Mercado y cada domingo recibía el Comité ese nuevo empujoncito en su difícil camino de ascensión. Algunas personas tomaban números de la Lotería con el objeto de beneficiar la obra, pero debo confesar que por ese camino no quiso el Santo Patriarca favorecer su obra: prefería sin duda el camino del sacrificio. Este se desplegaba cada vez con mayor brío aunque en pleno silencio. Había familias que iban con su centavo diario llenando la pequeña alcancía (un puerquito de barro, etc.) y cuando el animalito no podía estar más gordo, venían a romperlo a los pies de San José, para su gran obra. Así prendió el entusiasmo fuertemente en el pueblo y así subió a las familias principales del sector social alto; digo a las católicas. Muchas de ellas comenzaron entonces a favorecernos de modo especial y notable con contribuciones algo mayores. El temor de pasar en silencio algunas a causa de mi falta de memoria me hace dejarles a todas en la sombra. No puedo, sin embargo, menos de nombrar a la insigne familia Peña Fernández de Suchitoto, de cuyas manos recibimos cerca de 20,000 pesos. Otras familias acudieron con elementos necesarios para la construcción, como la familia Meléndez, etc., etc.,

Los "Turnos"

Pero el punto central de la propaganda y de notables ingresos económicos, fueron los "turnos". La idea nació, si mal no recuerdo, de la familia Leiva. Al principio se pensó en organizarlos en la ciudad; pero muy luego se determinó que se tuvieran en el terreno mismo del nuevo Seminario. Y así se hizo ya desde el primero. Se establecieron dos turnos al año: uno en memoria de la compra del terreno y colocación de la primera piedra, en noviembre; otro en marzo para la fiesta de San José. Desde luego advertimos que debían tener un sesgo piadoso, en lo posible. Así que no se admitió nada de licores, baile, etc. En cambio, a cada Comisión de puesto, ventas, adornos, etc. (Funcionaban hasta 16 comisiones) se les imponía pleno orden y una inmensa cantidad de sacrificios que solo S. José sabe y tiene catalogados para su debido premio. Algunas familias adelantaron algunas pequeñas cantidades para el futuro santuario; otras tomaron a su cargo la ornamentación o construcción de algún rinconcito, etc. Hubo una que estuvo mensualmente enviando 12.50 colones con el objeto, como nos decía, de colocar en la obra un ladrillo por cada miembro de ella. Los tres Colegios nombrados y el Externado de San José celebraban también turnos o funciones teatrales a beneficio del nuevo Seminario. De ordinario el anónimo encubrió la brillante generosidad salvadoreña. Con este auxilio, con esta propaganda, con este fervoroso amor del pueblo a sus sacerdotes, el Comité pudo llevar adelante su enorme cometido aún en medio de incidentes nada agradable de parte de quienes nunca han sabido comprender lo que es la religiosidad y la piedad profunda de su pueblo. Así, v.gr., en la prensa mas de una vez se nos atacó a los del Comité como ladrones y se pidió que los fondos recaudados de limosnas fueran administrados por un Banco y aun por el Gobierno. No se hizo caso de esas voces tan anacrónicamente discordes.

El Terreno y la Capilla de San José de la Montaña

Tales fueron las bases económicas del Comité. Gracias a ellas, como decía, a los tres meses de formado, se logró la adquisición de cuatro manzanas y media de terreno en el mejor sitio de las afueras de la ciudad, camino del Volcán. Terreno plano, a doscientos metros de la arteria principal de caminos salvadoreños que comunica con el puerto de La Libertad y con los demás países americanos. La ocasión la presentó San José. En efecto, la honorable matrona Doña Concha de Escalón había ofrecido a Monseñor Belloso un cuarto de manzana de terreno para una capillita en honor de San José, en los terrenos de su hacienda (actual barriada de San José de la Montaña). Monseñor Belloso nos puso en contacto con dicha Señora. Nos encantó la posición del terreno y ajustamos la compra, añadiendo ella en donación otro cuarto de manzana y la condición de que cuando se erija el gran Santuario sus restos descansen dentro de él. Unos meses después se hizo la segunda compra de otras tres manzanas más o menos y quedó así redondeado el terreno actual del gran Seminario.

A fin de polarizar desde luego la devoción de los salvadoreños hacia San José de la Montaña decidió el Comité edificar, antes que nada, la pequeña ermita en pleno campo y trasladar a ella la estatua histórica del Santo. Monseñor Belloso autorizó el traslado y todo se fue preparando para hacerlo en la fiesta del Patrocinio, abril de 1934, si la memoria no me es infiel. A toda prisa se forró la capillita de lámina, se pintó y adornó en lo posible. Y se hizo el traslado precisamente cuando llegaba al Salvador el Excmo. Sr. Nuncio de S.S., Mons. Alberto Levame, quien fue de incógnito en la gran peregrinación. Rodeado de miles y miles de fieles tomo S. José posesión de su nueva Ermita y su terreno. Al lado de la Capilla se construyeron de paja y hierbas los humildes apartamentos para el turno; y ellos sirvieron hasta que pudo tenerse ya en el interior mismo de la nueva grandiosa construcción. Más adelante otra familia, en agradecimiento a un gran beneficio, regaló el nuevo altar y retablo, obrita que dirigió el H. José Belamendía, S.J. Porque es de saber que entre las muchas providencias que tomó San José para ir adelante con su obra, una muy especial fue la de llevar desde España a tres abnegadísimos HH. Coadjutores, cuya memoria será imperecedera en los fastos de S. José de la Montaña: los HH. Francisco Elorriaga, carpintero; José Belamendía, cementario y el H. Luis Gegorza, constructor. Sobre esas columnas se apoyó el edificio material. Ellos ahorraron en la nueva construcción muchos miles de pesos. Prácticamente sin ellos el Comité no habría podido realizar en luengos años su obra.

Se inaugura la construcción del edificio: 1936

En el año de 1934 se contaba ya con el terreno, la capillita y algún material de construcción y además un superávit de 12,000 pesos. Porque la Sda. Mitra, empeñosa como nadie en el grandioso proyecto, había vendido el Colegio llamado "Liceo Salvadoreño" y había entregado al Comité, íntegro su valor. Se pensó en comenzar el edificio. Ofreció gratis sus servicios el famoso arquitecto español. Sr. Falla. Trazó una distribución ideal del terreno y la idea de una preciosa capilla-catedral o cosa por el estilo rodeada por la construcción y dio un empuje enorme con su propaganda artística a todo el movimiento. Trazó además la urbanización de toda la futura barriada de San José de la Montaña, dejando al frente del nuevo Seminario una preciosa plaza. Debía aquella barriada ser una de las más aristocráticas de la capital. Muy pronto se vió que los planos eran excesivos, o mejor dicho aquellas primeras líneas del edifico, y vino todo a concretarse en la forma que ahora tiene con la llegada del H. Gogorza, venido expresamente desde China en donde se ocupaba, para nuestra Obra. Más aún: el R.P. Provincial de la Provincia de Castilla, que lo envió, pagó en forma de contribución al Comité la mitad del gasto de traslado. De acuerdo con el Sr. Ing. Marcos Letona, trabajó, ultimó y presentó a la aprobación oficial los planos. E inmediatamente se procedió a construir. Era ya por el año 1936. La fama de la obra había traspasado los límites de la nación y se divulgaba por las vecinas naciones centroamericanas. Así, desde Guatemala la amable religiosa Sor Cecilia Meléndez regalaba una magnifica estufa para la cocina, etc. Incluso de algunas Diócesis de los EE. UU. a donde se acudió por limosnas mediante comedidas cartas de los Prelados, llegaban algunos donativos. Hay una serie de fotografías en las cuales se puede ir siguiendo paso a paso el avance de la obra. De vez en cuando el Comité se presentaba en corporación y oficialmente a inspeccionar los trabajos y anualmente daba cuenta por extenso, mediante su activo Secretario, el P. Alférez.

El traslado del Seminario a su nueva Sede: 1938

A los comienzos del curso de 1938 (enero) se juzgó ya oportuno el cambio del Seminario a su nuevo edificio. En él se abrieron las clases, aunque aún con muchas incomodidades. Durante todo el año se siguieron los trabajos, aunque cada vez con menor intensidad, pues los fondos se habían agotado y además había ya una regular deuda que debería saldarse antes de pasar adelante. Así, a fines de 1938 se suspendió todo trabajo y se comenzó el de ir pagando todo lo que se debía. De todos modos, el milagro de San José era manifiesto ya que de unos comienzos tan humildes en los que no se contaba con un centavo sino solo con la actividad del Comité y la generosidad del pueblo salvadoreño, se había llegado a levantar un edificio y adquirir una propiedad cuyo avalúo dio más de medio millón de pesos de valor. Gloria sea al Santo Patriarca que así ama su Seminario.

Otro aspecto, que no debe pasarse en silencio, fue el de los trabajos llevados a cabo por el mismo Comité para constituir jurídicamente el Seminario en su categoría de Central. No quiero extenderme en estos recuerdos, aunque tan importantes. Sólo diré que las negociaciones no fueron fáciles. Al fin de dos años, más o menos, de tramitaciones se obtuvo que la Sda. Congregación de Seminarios y Estudios Universitarios diera el Decreto constituyendo el Seminario Central. Coincidió que en aquellos días había tomado la Prefectura de dicha Congregación personalmente S. Santidad Pío XI; y así nos vino el Documento firmado autógrafamente por la misma mano del Pontífice que tanto promovió los Seminarios Centrales.

Los Grandes Cooperadores

No quiero terminar estos brevísimos recuerdos sin hacer pasar por ellos a los RR.PP. que más me ayudaron personalmente y en general a toda la obra del Comité. Desde los comienzos, quedó como Jefe organizador de los turnos el inolvidable R.P. José Elías Quiñónez, quien puso en ello toda la fuerte energía de su temperamento. Cuando él partió de El Salvador, se encargó el RP. Agustín Bariain quien luego había de quedar como Rector del nuevo Seminario. Ambos Padres desplegaron excesos de sacrificio que Dios les recompensará. Los demás Padres de la Compañía se interesaron decididamente en la obra, lo mismo que los de Sta. Tecla, v.gr., el R.P. Ambrosio Vargas, el R.P. Emigdio Fernández, el R.P. Mariano Diez, etc., etc. Especial cariño le tuvo el P. Agustín Waldner, quien como Superior general de Centro América siempre la apoyó y en difíciles circunstancias económicas acudió siempre con toda su influencia.

Entre los varios Señores Párrocos que tuvieron adhesión incondicional al proyecto y trabajaron incansables, debo mencionar al M.R. Sr. Vicario de Suchitoto Pbro. José Lara (R.I.P) y otros muchos. Serían largas listas de nombres si quisiera nombrarlos siquiera. En línea principalísima debo quedar el Excmo. y Revdmo. Mons. Alberto Levame quien no sólo prestó su auxilio moral incondicionalmente sino que puso sus recursos pecuniarios mismos a disposición del Comité con una generosidad y nobleza nunca bien alabadas. A todos ellos y a todos los demás bienhechores grandes y pequeños, quiera el Señor recompensarlos como lo merecieron. Yo ciertamente les conservo un profundo agradecimiento. A todos, en cuanto puedo recordar, nos movió única y sinceramente un gran cariño a la Iglesia Salvadoreña, una clara visión de las múltiples necesidades espirituales del pueblo centroamericano, un vivo deseo de la elevación en todos sentidos y dignificación ante la sociedad del Clero Salvadoreño, cuyo heroísmo palpábamos a diario en todas partes, hasta causarnos asco la bajeza de los papeluchos que algunas veces se permitían denigrar lo que no conocían, "blasfemantes quaecumque ignorant". A mí en particular me movió además un buen deseo que siempre tuve que la unión moral centroamericana fuera una realidad. Y nada mejor que un Seminario en donde se conocieran, amaran y estimaran los futuros sacerdotes de las cinco Repúblicas y que fuera como un hogar común en donde maduraran a su tiempo las grandes empresas de conjunto de la Iglesia Centroamericana.

Pasa el Seminario a los Padres Jesuitas de Castilla

Cuando Monseñor Pérez y Aguilar suplicó a los PP. la Compañía de la Provincia mexicana que fueran a trabajar a El Salvador, éstos advirtieron a Su Excelencia que las tierras salvadoreñas y centroamericanas, en las demarcaciones religiosas de la Compañía, pertenecían a la Provincia de Castilla, España; y que así sólo podrían ir a trabajar mientras Castilla podía atender a esas regiones. Además de que la escasez del personal hacía que la Provincia Mexicana se reservara el llamar a sus operarios tan pronto como fuera oportuno y cesara la persecución. Bajo estas bases, ya para el año de 1935 fueron llegando PP. De Castilla para ocupar los puestos que debían dejar los mexicanos; y a comienzos de 1937 finalmente se erigió Centro América en Viceprovincia jesuística, dependiente de la de Castilla. Los P.P. de la nueva Provincia que llegaban tomaron con vivo interés todas las obras ya en desarrollo. Pero una de las principales fue la del nuevo Seminario. El R.P. Bariain, el R.P. Castresana, los HH. Coadjutores ya mencionados, aun los jóvenes que venían para su Magisterio; todos contribuyeron desde luego, cada uno en su esfera. Y cuando en marzo de 1939 entregué la Rectoría al R.P. Bariain, cayó sobre él un gravísimo peso: tuvo que afrontar todos los compromisos del Comité pro Seminario, pero no rehuyó esa carga.

Mientras salen por la posta estos recuerdos hacia Centro-América, yo quedo por buen espacio sumido en la imaginaria visión de esa gran obra: una barriada nueva y aristocrática, un precioso edificio con sus azoteas y remates; un campo de juegos, un volcán erguido a la espalda y San José cobijando todo ese asilo de virtud y santidad bajo su manto.

 

San Salvador, 1939.

 
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