AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO

Queridos hermanos y hermanas:

Los obispos de El Salvador nos hemos reunido cuando la angustia invade la mayoría de los hogares en nuestro país. Las últimas noticias nos hablan de familias enteras asesinadas con saña y brutalidad sin par. Por otra parte,el clima de temor e incertidumbre hace muy difícil la vida de las personas,pendientes de lo que les puede pasar en su propia casa,en los caminos,en los autobuses,etc. Ante una situación tan desesperante,se ha entablado un intenso debate sobre como hacer frente a esta ola delincuencial que amenaza la convivencia de los salvadoreños. ¿Cuál es el aporte que los hijos de la Iglesia podemos ofrecer para que la paz se vaya convirtiendo en una hermosa realidad entre nosotros? De eso trata el presente mensaje.

1. El desbordamiento de la violencia

Una mirada pastoral sobre la realidad de El Salvador nos muestra un panorama en el que,a primera vista,sobresalen los signos de muerte: es alarmante el secuestro de jóvenes,algunos de los cuales aún siguen cautivos. Se habla más y más del irrespeto que sufre la inocencia de los niños y niñas,víctimas de abusos sexuales que les marcan para toda su vida. Proliferan las bandas de jóvenes que siembran inquietud y zozobra,principalmente en las ciudades. En el campo,familias humildes son victimas de la extorsión,sin que se atrevan muchas veces a denunciar a los responsables. Los homicidios están a la orden del día. En una palabra: la violencia se ha desatado con rabia bestial.

Todo esto nos recuerda lo que dijimos en vísperas del segundo viaje del Santo Padre a El Salvador:

"Los problemas sociales persisten,con dramática gravedad,haciendo muy difícil la vivencia cotidiana de la paz. Porque no podemos estar en paz cuando la extrema pobreza,la inseguridad y el desempleo golpean con crueldad a tantos hermanos y hermanas. No es posible vivir en paz si la muerte acecha en los recodos de los caminos y en las calles de la ciudad".
(Confirma a tus hermanos,Mensaje de la CEDES,19.01.96,n.2).

Si en aquel momento de entusiasmo por la inminente visita de Juan Pablo II estas palabras pudieron parecer exageradas,lo sucedido durante las últimas semanas indicaría más bien que nos quedamos cortos. En efecto,los hechos que atentan contra la paz y la tranquilidad de las familias,desafían nuestra esperanza.

2. No podemos permanecer indiferentes

Ante tanta maldad,surgen en el corazón de muchos compatriotas preguntas angustiosas: ¿Por qué suceden tales cosas? ¿Qué hace el Gobierno para ponerles coto? ¿Nos tocará resignarnos a soportar,impotentes,una situación que no parece tener solución?

En esas interrogantes predomina la inquietud por lo que deben hacer los otros,comenzando por las autoridades del país. Pero muchos se cuestionan también acerca de su propia responsabilidad: ¿Qué esta fallando en la familia para que tengamos una situación tan grave de desprecio a la vida humana? ¿Está cumpliendo la escuela su función de formar integralmente -como apoyo a la familia- a las nuevas generaciones? ¿Qué cosas se han hecho mal en el proceso de inserción a la vida civil de los ex combatientes de la Fuerza Armada y del FMLN? ¿Qué errores hemos cometido los cristianos en la obra de evangelización para que se den hechos que contradicen radicalmente la esencia del mensaje de Jesús: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como yo les he amado"? (Jn 13,34).

Lo peor que podría sucedemos es cerrar los ojos ante la realidad o mirar tanto sufrimiento con indiferencia. También sería contrario al espíritu de Cristo caer en el pesimismo o la desesperación. Igualmente lamentable sería dejamos vencer por el mal,en lugar de "vencer al mal haciendo el bien" (cf. Rom 12,21). Nosotros tenemos un mensaje que anunciar en medio de esta realidad dolorosa e inquietante; y debemos hacerlo con el testimonio y la palabra. Somos seguidores de Jesús,quien dijo: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). El Señor rubricó su mensaje con su propia sangre,al morir por nosotros en la cruz del Calvario.

3. "He venido para que tengan vida,y la tengan en abundancia"

En marzo de 1994 -en vísperas de la Cumbre Mundial sobre Población que tuvo lugar en El Cairo,Egipto- publicamos la Carta Pastoral "Defendamos la vida". En ella expusimos la doctrina de la Iglesia sobre el respeto a la vida humana,haciendo énfasis en la vida que aun no ha nacido. De ahí nuestra condena al abominable crimen del aborto.

Con la misma energía nos pronunciamos ahora acerca del respeto que merece la vida de toda persona,por más humilde que sea,a lo largo de su paso por esta tierra. Nuestro rechazo a toda forma de homicidio es total. Si abogamos por el derecho que tiene el niño ya concebido en el seno materno,a ver la luz del día,con igual énfasis nos pronunciamos en favor del derecho que tiene a llevar una vida digna -acorde con su condición de persona creada a imagen y semejanza de Dios- y a vivir en un clima de auténtica democracia,en paz,justicia y libertad. Esta vida plena,a nivel humano,supone también el fiel cumplimiento de los propios deberes.

El Papa Juan Pablo II hizo pública -en marzo del año pasado- la encíclica "El Evangelio de la Vida" ("Evangelium Vitae"). En ella nos recuerda que la Iglesia es "el pueblo de la vida y para la vida". Nos dice también que los cristianos estamos llamados a defender la vida,celebrar la vida y servir a la vida. Para el Santo Padre "el Evangelio del amor de Dios al hombre,el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la Vida son un único e indivisible Evangelio" (n. 2).

Su llamado es apremiante: "¡respeta,defiende,ama y sirve a la vida,a toda vida humana!; Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia,desarrollo,libertad verdadera,paz y felicidad!" (ibid.,n. 3). Ese es el Evangelio que debemos proclamar "para que,juntos,podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza,trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana,para la edificación de una autentica civilización de la verdad y del amor" (n. 6).

Este es el desafió que nos dejó el Vicario de Cristo durante su reciente visita; un desafió que pasa por la contribución insustituible de los cristianos en favor de la verdadera reconciliación espiritual,social y política entre los salvadoreños.

4. Todos al servicio de la vida y de la paz

Sí,para servir a la vida debemos comprometemos todos en la creación de la "cultura de la vida". Así lo plantea el Papa en el capítulo final de su bella encíclica. La "cultura de la vida" es el camino para construir una nueva civilización. La primera condición para conseguir tan alto ideal es la recta formación de la conciencia,porque esta es la luz interior que ilumina el camino de la vida,"el eco de la voz de Dios en nuestra alma,en nuestro corazón" (Juan Pablo II,Discurso a los jóvenes,Denver 14.08.93,n. 5). A esta tarea de iluminar las conciencias,debemos dedicamos en forma prioritaria los pastores.

Inspirados en el mensaje de Cristo,invitamos a todos los salvadoreños y salvadoreñas a poner en alto la esperanza. Al mismo tiempo formulamos un apremiante llamado para solicitar la colaboración de todos.

Los primeros llamados a construir la "cultura de la vida" somos los hijos e hijas de la Iglesia. Lo haremos ante todo con la oración,conscientes de que "si el Señor no construye la casa,en vano se cansan los albañiles" (Sal 126,1). Lo haremos también con nuestro compromiso de solidaridad,a la luz de la doctrina social de la Iglesia,según la conocida enseñanza de Santiago: "¿De qué sirve,hermanos míos,que alguien diga: ‘Tengo fe’,si no tiene obras?" (2,14),Esa será la prueba inequívoca de que hemos tenido un encuentro personal con el Señor,y que estamos en el camino de la conversión y la comunión.

La "cultura de la vida" se construye en primer lugar en la familia. Por eso pedimos al Gobierno que brinde todo el apoyo posible a esta célula primigenia de la sociedad. Igualmente importante es el apoyo a la obra educativa de la escuela,la cual -junto con la familia- es un lugar privilegiado donde se aprenden los valores humanos y espirituales que irán desterrando de las mentes y los corazones,la violencia que lleva a la muerte.

Añadimos a lo anterior nuestra íntima convicción de que -según la sugestiva enseñanza del Papa- el trabajo es la clave de la cuestión social. Con cada compatriota que dispone de un trabajo digno y estable se abre una nueva oportunidad a la paz. Señalamos,finalmente,que la "dicha suprema" de la paz que "siempre noble soñó El Salvador" sólo tendrá bases sólidas si se combate a fondo la corrupción y se mantiene el empeño por una recta administración de la justicia.

Los Obispos de El Salvador confiamos estas intenciones en manos de la Virgen María,la Reina de la Paz,Patrona de nuestro país,y les bendecimos de corazón.

San Salvador,30 de octubre de 1996.