Dejaos conciliar con Dios

Al concluir los trabajos de nuestra primera asamblea ordinaria de esta nueva década,los obispos de la Iglesia que peregrina en El Salvador queremos compartir con vosotros,amados fieles confiados nuestro cuidado,las siguientes reflexiones:

1. En nuestra oración y reflexión ha estado muy presente la figura tan cercana del Santo Padre,cuya preocupación pasto¬ral por la familia salvadoreña suscita en nosotros profunda gratitud. Siguiendo su ejemplo,los obispos de El Salvador hemos renovado el compromiso de ser,en esta querida nación desgarrada por una injusta y larga lucha fratricida,signos e instrumentos de comunión. Sabemos bien que la unidad entre nosotros es esencial para que tenga credibilidad nuestra acción evangelizadora y de reconciliación.

Según la luminosa enseñanza del Concilio Vaticano II,cada uno de los obispos es,"individualmente,el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" o diócesis (Lu¬men Gentium 23). Pero es también imperativo para nosotros vivir a fondo el espíritu de colegialidad afectiva y efectiva,para lo cual nos ofrece un espacio privilegiado nuestra pertenencia a la Conferencia Episcopal.

Por eso,en espíritu de comunión,hemos examinado algunas cuestiones urgentes que tocan a la vida de la Iglesia y de la sociedad salvadoreña: de nuestra Iglesia,  que deseamos ver cada día mas digna de ser la Esposa de Cristo; y de la familia salvadoreña,  que anhelamos contemplar cuanto antes reconciliada y en paz.

2. Los dolorosos acontecimientos de los meses pasados,han puesto al descubierto el deterioro moral en que ha caído parte de nuestro pueblo. Decadencia que,  en el marco de la guerra fratricida,  se manifiesta especialmente en el desbordamiento de odio,calumnia,destrucción de vidas y de bienes,y lo que es más grave,en la profanación del Santísimo Sacramento y de personas consagradas al Señor.

Nos alienta,sin embargo,constatar que en medio de los mementos más difíciles,hubo muestras de solidaridad y de exquisita caridad entre vecinos,familiares y aun extraños,y que la violencia hace surgir cada vez más fuertemente los anhelos de paz que laten en los corazones salvadoreños.
La prolongación de la violencia,que hace más difícil la vida de los pobres,no se justifica por ningún motivo,y ello nos mueve a lanzar un nuevo y vehemente llamado a la paz y a la concordia. Conscientes de la tarea que el Señor nos ha confiado,"os suplicamos en nombre de Cristo: dejaos reconciliar con Dios"  (2 Cor. 5,20).

Sabemos que la paz es fruto de la justicia y del perdón,pero al mismo tiempo es un "don de Dios confiado a los hombres" (Juan Pablo II).  Urgimos,  pues,  a todos los salvadoreños de buena voluntad,a pedir con perseverancia tan preciado don y a trabajar eficazmente  para alcanzarlo,  anteponiendo  los  intereses de la patria a los intereses particulares y de grupo. Sólo así será posible reconstruir  la convivencia de los salvadoreños sobre las sólidas bases de la verdad,la justicia y el amor.

La dolorosa huella dejada por esta década de lucha entre hermanos nos ha enseñado de sobra que la violencia sólo engendra violencia,y que ningún dialogo puede conducir a la paz si no hay sinceridad y autentico deseo de encontrar la verdad y de construir el bien común.

3.  Concluimos nuestro mensaje ofreciendo al Señor la sangre y el sufrimiento de las innumerables víctimas inocentes y unimos nuestras voces a la palabra del Papa "para que el sacrificio de los religiosos asesinados induzca a todos a rechazar la violencia y a respetar la vida de los hermanos,para así conseguir los frutos de paz y reconciliación."
Confiamos esta intención en las manos de Nuestra Señora de la Paz,patrona de El Salvador.
San Salvador,18 de Enero de 1990